Primeras Palabras

octubre 2, 2008

Éste será mi testimonio personal, posiblemente el único, lleno de la luz que alcancé sentir en mi corazón, quizás estas palabras no os provoquen ninguna reacción y sean ignoradas, en verdad eso carece de importancia puesto que no deseo abrir los ojos a nadie, no soy digno de hablaros ni como un Padre ni como un Salvador,  uno mismo despierta de sus pesadillas.

He respirado MIEDO como si se tratara de aire, creo que ya forma parte de mí, soy capaz de oler poderosamente el miedo  de las personas y el peligro a grandes distancias. No tengo miedo por mi integridad física, mi corazón hace bastante tiempo que no se agita vivazmente, que no disfruta ante situaciones desconocidas,  esto me ha inducido a estados críticos, a una insaciable falta de esencia vital, a la necesidad imperiosa de atraparme e ilusionarme por cosas que seguramente el orbe tacharía de irrelevantes e inútiles.

Y después de tantos errores y de tanto tiempo perdido veo lo absolutamente primordial, el universo en pocas palabras.

Jamás he soportado las injusticias,  desde bien pequeño he querido lo mejor para mis semejantes, ¿y qué he recibido a cambio? podéis haceros a la idea…

En cierto sentido, me he sentido decepcionado por todos ellos, pero todavía guardo la esperanza de comprobar lo tan equivocado que estoy.  Quizás la felicidad no necesite de grandes cambios, sino de seguir un hábito y una rutina sana y equilibrada.

Digo quizás porque la vida que mantiene el vulgo no es más que anestesia para mentes débiles, una medicación bien administrada para ocultar a través de un fino velo la capacidad que tienen las personas de cambiar este mundo. Aquellos que superan (o superaron) este hecho disponen del poder.

¿Qué salida tiene el Hombre Medio ante este atropello brutal hacia su vida?

Reberlarse, y por último, sacrificarse por el Bien de lo que es justo.

¿Honeste vivere, neminem laedere, suum cuique tribuere?